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Un lago cerrado no tiene salida superficial de agua, por lo que los nutrientes y sedimentos se acumulan en su cuenca. Esto favorece procesos de regeneración interna como la sedimentación de microalgas y la descomposición anaeróbica en el fondo arcilloso. En cambio, una laguna abierta renueva su agua mediante afluentes y efluentes, lo que altera el balance orgánico estacional.
El viento genera corrientes superficiales que rompen la estratificación térmica, mezclando el agua oxigenada de la superficie con las capas profundas. En lagos boscosos, la orientación de la cuenca y la densidad de la vegetación ribereña determinan la eficacia de este proceso. Sin esta mezcla, el hipolimnion puede quedar anóxico y acumular compuestos tóxicos como el sulfuro de hidrógeno.
Los juncos y otras macrófitas ribereñas absorben nitratos y fosfatos disueltos en el agua, reduciendo el riesgo de eutrofización. Además, sus raíces retienen partículas de sedimento y proporcionan sustrato para bacterias descomponedoras. En cuencas fluviales degradadas, la restauración de estas franjas de vegetación es una medida eficaz para mejorar la calidad del agua.
La sedimentación de microalgas transporta materia orgánica desde la superficie hasta el fondo arcilloso, donde es descompuesta por bacterias. Este proceso libera nutrientes como fósforo y nitrógeno, que vuelven a la columna de agua durante los eventos de mezcla estacional. Sin esta renovación, el ecosistema perdería su productividad primaria y colapsaría la red trófica.
Los técnicos ambientales emplean perfiles de oxígeno disuelto y temperatura con sondas multiparamétricas, análisis de clorofila a para estimar biomasa algal, y trampas de sedimento para cuantificar la tasa de deposición. También se realizan muestreos de nutrientes en la columna de agua y en los poros del sedimento para evaluar la regeneración interna.
El proceso que seguimos para analizar un ecosistema lacustre y entregar resultados aplicables a la gestión de cuencas.
Recogemos agua y sedimento en puntos estratégicos del lago o charca, registrando pH, temperatura y turbidez in situ.
Determinamos la concentración de nutrientes (nitratos, fosfatos), la carga de microalgas y la composición del sedimento arcilloso.
Integramos los datos en un modelo estacional que simula la renovación de nutrientes y la oxigenación por viento.
Identificamos desequilibrios, riesgo de eutrofización y el estado de la vegetación ribereña como filtro biológico.
Elaboramos un informe con medidas concretas: restauración de orillas, control de escorrentías o aireación asistida.
Repetimos el muestreo en la siguiente estación para validar la evolución del ciclo y ajustar las acciones.